martes, 27 de marzo de 2012

Crítica: Cinco metros cuadrados


Cinco metros cuadrados: 7(***)
La ruptura de la burbuja inmobiliaria, así como la latente corrupción urbanística siguen siendo algunos de los temas más presentes en nuestro día a día, tanto por su cobertura mediática, y su esfera política, como por el gran porcentaje de personas afectadas. Una bola que se rompió hace años, y que fue momento de reflexión inmediata sobre una actividad corrupta, ilegal, y encubierta que tanto tiempo ha estado presente en el tema de la construcción, llegando a vulnerar el valor y la dignidad de las personas. La historia de Álex y Virginia, es la historia representativa de muchas parejas, y muchas familias que se quedaron en la estacada por esta horrible práctica, tan poco controlada, y que aún perdura lamentablemente. La corrupción de los poderosos sigue abriendo las heridas de los cada vez más humildes. Una historia convincente y sólida con un peculiar giro final, que puede presentarse como una alternativa bastante firme. La película aunque bastante contundente, en su forma y contenido, le falta garra, le falta profundidad, entereza y más mala leche por parte de los personajes que a veces parecen pasivamente utilizados como elementos necesarios para una serie de detonantes, pero sin apenas matices secundarios. Max Lemcke lleva a cabo un notable trabajo de dirección, que se complementa con el sólido guión, que falla sobre todo en la fuerza del relato. Técnicamente está poco pulida, especialmente por la extraña fotografía, que consigue momentos bastante corregibles en cuanto a nivel estético. Dejando de lado el factor técnico, la credibilidad emocional de los actores es absoluta, sin grandes logros, pero muchos aciertos, su trabajo conjunto es bastante bueno, además de concienciador. Malena Alterio, Gutiérrez Caba, Morón, Bosch...todos hacen un buen trabajo, pero sin duda la carga y el mérito está en ese irreconocible Fernando Tejero que consigue su mejor trabajo hasta la fecha con este sufridor ciudadano corriente, que podría ser imagen de cualquier ciudadano de España. Toda una sorpresa interpretativa, sobre todo para un actor que se mueve tanto en el terreno cómico y que tan poco pisa la zona dramática. Gracias a él, y a sus compañeros, se le da soltura y agilidad a este retrato casi fidedigno de una situación tan actual.

Lo mejor: Fernando Tejero y su actualidad.


Lo peor: Le falta garra y fuerza.