martes, 2 de agosto de 2016

Crítica: El club

"Las heridas abiertas de un modo doloroso en la hecatombe planetaria acuden con sigilo a las derivas cinematográficas para encontrar una expresión férrea que ayude a canalizarlas. Este pudor, este silencio, provoca que a veces el discurso encuentre su camino de un modo impostado atendiendo a durezas expresivas y continuos subrayados que en vez de respaldarlo lo ahogan haciendo que resulte poco creíble. Pablo Larraín, uno de los realizadores más destacadados del cine chileno y representante de una interesante corriente que ha revolucionado la cinematografía iberoamericana, construye sobre una idea y unos valores de arriesgada exposición social, un ejercicio envidiable, sobre los dolores humanos, sobre la fina deriva que separa a buenos y malos, y sobre la enmienda de la redención. Sobre el imaginario católico se estructura una definición sociocultural y ética sobre lo que somos, lo que hacemos y la conclusión de nuestros deberes humanos. Encerrados en ese asfixiante retiro kafkiano, evocando sin duda al mejor Haneke y al imponente Pasolini, se tiende a equilibrar una definición coral de voces reales con la idea de trabar un mensaje que atiende a numerosas derivas planetarias. Abruma la claridad del mensaje, la dureza de las palabras, el fuego que arrojan las imágenes y en definitiva las extraordinarias capacidades de una película que demuestran el inconmensurable talento de un realizador que se ha ganado un puesto entre los grandes. Su extraordinaria visión acompañada de una fotografía prodigiosa teje el tapiz de un cuento siniestro que encuentra en un excelso reparto (a destacar la maestría de Alfredo Castro, Roberto Farías y Antonia Zegers), la verbalización de las posturas, los miedos, los silencios y las heridas de este aterrador relato. Tanto su construcción formal, como la expresión de sus estructuras conceptuales nos dejan este atronador "Club", un film que merece ser revisionado varias veces para entender y valorar la verdadera deriva de aquello que llamados pecados. Absolutamente la obra maestra del año, y si no, que venga Dios y lo vea (valga la ironía)."
 
Lo mejor: El extraordinario reparto y la delicias de su ejercicio fotográfico.



Lo peor: Su dureza puede provocar numerosos e injustos rechazos.



NOTA: 9,5(*****)