martes, 28 de octubre de 2014

Crítica: Sueño de invierno

"Con la sutileza de Antonioni, la existencialidad dialéctica de Bergman, la poesía oriental de Kawase y la grandilocuencia visual de Malick, Nuri Bilge Ceylan, figura clave en el desarrollo potencial del cine turco, perfila una obra de dimensiones considerables. Una reflexión sobre el ser humano, sobre su papel en la vida. Una epopeya sobre la moral, sobre la cultura, sobre las diferencias sociales, sobre la ambigua definición de nuestro papel en la tierra, y en última instancia, una mirada crítica a una sociedad en cambio enfrentada a sus propias contradicciones como es la turca. Ceylan a lo largo de más de tres horas de deleite visual convierte a sus personajes en portavoces del mensaje que quiere transmitir, pero sin descuidar una construcción pormenorizada y contextualizada de las inquietudes de cada uno de ellos. Entre la belleza de sus paisajes, la dulzura de sus imágenes y las intensas conversaciones se desarrolla este discurrir por la propia vida. Propia vida en el sentido de que a través de seres cotidianos se perfila una reflexión épica que nos ha perseguido desde el principio de los tiempos y que sigue ahí latente como un fuego que nunca se apaga, pero que se intenta ocultar bajo el frío hielo del invierno. Ese ardiente calor se esconde bajo el umbral de la fría mirada de la hipocresía de una sociedad que camina rumbo a la deriva. "Sueño de invierno" sin cuestionar a sus personajes, los zarandea, los sienta y los pone a reflexionar, con decisión, aplomo, sin ningún gramo de impostura. Esta decisión dibuja una paleta difusa y en cierta manera necesaria para provocarnos una inmersión en el campo de las miradas humanas sobre la existencia, y quizás en ese aspecto es inevitable no volver la vista atrás y caer en un odioso ejercicio de comparación con las obras maestras de Ingmar Bergman. No obstante, aunque haya ecos pasados en todo el desarrollo de la película, es incuestionable la elegancia de Nuri Bilge Ceylan, que con una bellísima filmografía a sus espaldas, perfila su obra más redonda. Su expresividad visual, la belleza de sus imágenes, y la excelencia de sus diálogos se funden con un trabajo de fotografía mágico( Hay imágenes que pervivirán en el recuerdo colectivo por su grandilocuente belleza), una compleja definición sonora, un montaje de imágenes milimetrado y maduro, y finalmente con el eco imponente de Schubert. Espectáculo inmenso que configura sus vertebras a través del sobresaliente trabajo de todos sus actores, inmensos y entregados con absoluta excelencia al complejo trabajo de encarnar a personajes de una gran complejidad emocional y que constituyen el eco de reflexiones históricas sobre la existencia humana. Destacar a la bellísima y entregada Melisa Sözen junto a un contenido e imponente Haluk Bilginer. Actores que se entregan a la deambulante misión de sus personajes de encauzar sus vidas entre las áridas pero bellas tierras de Anatolia, que indudablemente quieren convertirse en símbolo expresivo de la aridez emocional que sufre el ser humano en ciertos momentos de su existencia, y que en esta película se convierte en un grito a favor de la vida, a favor de la deliciosa paleta de sabores que nos regala la existencia humana muchas veces encerrada entre los férreos muros de esa torre de Babel inundada por el moribundo paso del invierno. Obra maestra o no, el tiempo determinará su lugar, y presiento que ya lo está haciendo..."
Lo mejor: Sus diálogos, su belleza visual y sobre todo su imponencia reflexiva.

 
Lo peor: Las comparaciones con las obras del genio Ingmar Bergman.

 

NOTA: 9,5(*****)